quinta-feira, 9 de agosto de 2007

Um texto em espanhol: Sobre máscaras e citações

Isto não é propriamente sobre meios e comunicação, mas a ditadura do editor me autoriza a publicar, mesmo assim.

Trata-se de uma reação a um texto de Jorge Fontevecchia no jornal Perfil. (Veja clicando aqui)


Sobre citas y máscaras

Los cuadernos escolares, de lomo sobado y páginas de caligrafía cuidadosa, guardaban el secreto de aquel hombre cordial, sensible y culto. Frases organizadas en volúmenes temáticos mostraban el mapa de treinta años lecturas del embajador, lecturas esforzadas por quien fuera un joven pobre de economía y rico de voluntad, de ambición, de inteligencia. Había comenzado, según me dijo, por una lista de libros (era un número preciso, que no recuerdo) hecha a pedido por un amigo culto. “Si voy a almorzar con alguien que tiene que ver con el arte, busco mi cuaderno de citas artísticas y memorizo algunas. También los uso mucho para escribir cartas, quedan mucho mejor”, explicó con una candidez que me pareció conmovedora. El embajador citaba para ornamentar un diálogo o una carta, para decorar; Proust, Galileo, Descartes y Leibniz cumplían en el salón del diplomático la misma función que las piezas de plata alineadas en la vitrina y la corbata de seda con florcitas. Función legítima, sin duda, y eficaz.

Citar es un hábito de larga tradición. Gracias a las citas de Aristóteles podemos conocer a los que llamamos de presocráticos, y es toda una discusión de los platónicos qué le corresponde efectivamente al autor y qué a sus personaje central, Sócrates (los diálogos platónicos son piezas construidas como largas citas del maestro). Los padres de la iglesia citaban a Platón y a la Escritura para sustentar sus argumentos, y la filosofía medieval se construye, por su parte a partir de citas e interpretaciones de todos ellos (Platón, Aristóteles, la Biblia y los padres de la iglesia). La filosofía moderna, el Iluminismo, la tradición alemana… toda la historia del pensamiento occidental se hace a partir de referencias textuales, explícitas o no. Una dificultad grande para abordar textos medievales, por ejemplo, es el sistema de citas sin referencia. Hombres de gran cultura, como San Agustín, escribían citando de memoria y sin comillas (no existían), sabiendo que el lector docto reconocería los pasajes de aquellos autores como Ovidio, Cicerón, Boecio, que toda persona letrada había estudiado (es decir, aprendido a recitar) en el curso de una formación clásica.

Pueden ser muchos y muy diferentes los objetivos de una cita en un texto filosófico. A veces se cita para defender una línea argumental, para contrastar, para refutar… Los filósofos son muchas veces deshonestos en sus referencias. Guillermo de Ockham con Agustín, Kant con Constant, Schopenhauer con Kant, Nietzsche con Platón… citar en beneficio propio es práctica corriente de la mejor filosofía. También, claro, se cita como homenaje o como punto de partida para una construcción ulterior: Tarski cita a Aristóteles para desarrollar una teoría de la verdad, Hegel cita a Heráclito, Arendt cita a Heidegger.

Diferente es el caso de la cita filosófica hecha fuera del texto filosófico, y su uso debe ser hecho y mirado con cura. Los llamados filosofemas pueden servir para decir cualquier cosa, y no necesariamente aquello que el autor citado quiso decir. “Dios ha muerto”, “El fin justifica los medios”, “Pienso, luego existo” son filosofemas, no filosofía. Decir que “No hay injusticia mayor que la de parecer justo” es una frase inteligente entre muchas otras dichas por Platón, pero citarla fuera de la economía argumentativa del texto no es hacer filosofía. Es más, muchas veces puede ser deformar la filosofía.

Me dijeron una vez que un ingeniero mira las cosas pensando cómo copiarlas y un periodista las mira pensando como contarlas (no era un elogio, quien me lo dijo era un amigo ingeniero, claro). Hay una categoría periodística que me parece nueva en la Argentina (pero puede ser mero desconocimiento) que usa la cita culta con profusión. El periodista es normalmente intuitivo, y no filósofo ni intelectual; lee como periodista y cita como periodista, y si es bueno y lo hace bien, su texto funciona y deja en el lector la doble impresión de que leyó un texto culto y de que es él mismo, lector, persona algo más culta después de ese contacto con autores importantes. No importa si ese contacto fue a través de píldoras de sabiduría, leímos algunas frases entre comillas, las entendimos, ergo, somos gente inteligente. Y culta.

Me pregunto cuál es la función de la cita en un texto como La Máscara y el Semblante. No es, sin duda, una función intelectual. No se trata de poner en marcha el proceso del pensamiento, de establecer un nuevo punto de partida para que lleguemos a una nueva comprensión de lo que en ese texto se llama “lo real”. Ni es, o por lo menos no en ese caso particular, una cita hecha apenas para decorar un discurso periodístico (la cita es casi toda en sí misma el texto). Tal vez esta cita sea, paradójicamente, ella misma encarnación de la tesis que defiende, y es por eso que me parece interesante. Por lo que dice, dónde lo dice, por la pluma de quién lo dice y en referencia a quién lo dice.

El texto habla de máscaras que nos ponemos para parecer algo que no somos, y de cómo las máscaras pueden ocupar el lugar del rostro sin que nos demos cuenta de esta substitución, sin que percibamos que al vestir la máscara es ella la que nos viste –aunque no sepamos exactamente de qué nos viste (Un travesti viste la máscara de una mujer; la apropiación no lo hace mujer sino un hombre con máscara de mujer). La larga cita de Joan Rivière (en verdad, cita de una cita: Lacan cita a Rivière, y es por su parte citado), ocupando el lugar central de la columna de un periodista, cumple efectivamente la función de máscara a la que hace referencia. Por un juego de sustituciones, dice lo que el autor de la columna quiere que diga (Joan Rivière, claro, no se estaba refiriendo a ningún candidato presidencial argentino), y que el periodista no quiere o no puede poner en sus propias palabras. El periodista viste así la máscara del intelectual que cita al intelectual, se pone la máscara de Joan Rivière para hablar de la máscara de alguien se pone, sin percibir que él mismo está vistiendo una máscara y sin pensar en qué eso lo convierte.

No me interesa el caso particular de esta columna sino aquello a me remite en el reencuentro con la Argentina después de quince años de alejamiento. La referencia a la máscara, el proceso por el cual esta referencia se realiza, revela un trazo tan fuerte como difícil de percibir: el juego de las máscaras, el juego de substituciones donde importa parecer los que no se es y se acaba siendo lo que no se quiere. Ingenieros y licenciados que no son, periodistas travestidos en intelectuales, dirigentes populares a fuerza de camiseta, deportistas convertidos a políticos y manifestantes de piquete hechos atracción televisiva. Tal vez sea por eso que modelos, transexuales, vedettes y presentadores de TV ocupan un lugar tan central en la escena argentina como en ningún otro país que conozca. Y el botox, la cirugía, la plástica; no es sólo para aquellas profesiones, actividades o categorías que se definen por la imagen física. Es casi, digamos, natural, que una actriz luche contra el tiempo para mantener la imagen que la hizo famosa; no es natural, y confieso que me cuesta entenderlo, en intelectuales, periodistas, políticos.

Tal vez sea significativo que en esta sociedad en la que lo que (a)parece es más importante que lo que es, el lugar de una revista que se llamaba Gente haya sido ocupada por otra que se llama Caras. Lo que nos devuelve al autor de la columna.

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